En un reino donde la sangre era tinta y el poder, la única ley, él fue Gucheon, el Señor Supremo del Culto Demoniaco. Un nombre susurrado con terror, un demonio celestial viviente cuyo corazón era una fortaleza inexpugnable, temido por cada alma en Murim. Su reinado de terror parecía eterno, inquebrantable.
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